De vuelta

Patri Arsuaga

Te sientes al borde del precipicio. Sabes que si te mueves solo un poquito todo se irá al garete y contienes la respiración, porque si el aire entra hará que hasta lo que creías controlado en ese momento, se tambalee. Pero no te puedes quedar sin respirar. Puedes morir si no lo haces y te toca arriesgarte y ganar o arriesgarte y perder. Hagas lo que hagas, siempre caes al vacío.

Es lo que conlleva lo nuevo, lo desconocido, o hasta lo conocido que se te había olvidado, que habías dejado atrás, y que, por un rato, cambiaste por risas de todos los colores que se puedan imaginar, paisajes que nunca habías visto antes o atardeceres infinitos. En esas estaba Marta cuando sonó el teléfono.

Era una melodía amiga. Eligió esa canción como tono del móvil porque le hacía sonreír. “¿Cómo estás, cariño? ¿Tienes algo que hacer mañana?”. Era alguien que la escuchaba y que a veces, incluso, le daba consuelo sin pedirlo. Alguien que siempre iba a estar, pasara lo que pasara, porque era un pedacito de ella. “Sí, vámonos a la playa, Mami, a comernos unos chocos y a que nos dé el viento en la cara, aunque sea con la chaqueta vaquera.”

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