El monstruito exquisito: parte 7

Araceli Suárez

Pero no llegó al lago. Una piedra más pequeña fue suficiente para hacerle tropezar, añadiendo a lesiones y heridas varias, un tobillo torcido, el de la pierna buena. Con la misma naturalidad que maldijo a Marco, agradeció a Dios la que estaba cayendo para que borrara las huellas. Tampoco hubiese servido de mucho. Como si Marco no lo fuera a encontrar igual ya que ni el bosque, ni el lago, ni la oscuridad eran un impedimento.

Puedo matarlo, puedo matarlo, debo matarlo – se repetía. Voy a volver – decidió con firmeza. Por supuesto que en condiciones de igualdad, para Marco sería más fácil matar, pero tener un arma y saber usarla, era una ventaja.

El tiempo transcurría despacio, su corazón no se apaciguaba y el cansancio minaba. Y los años se dijo, y el corazón roto, reconoció. Se lo advirtieron hace tiempo: algún día olvidará quien eres. Nunca le perteneció, admitió cogiendo una bocanada de aire para evitar una lágrima. Lo que una vez los había unido, se había roto en mil pedazos ese día.

Volvió, renqueante, sobre sus pasos para acabar de una vez con Marco. Con la pistola firmemente agarrada y los sentidos alerta, caminaba lentamente esperando en cualquier momento su ira otra vez. Creyó escuchar un ruido cerca. Sabía que solo tendría una oportunidad y que tenía que aprovecharla.

De nada le valía el sigilo porque Marco vigilaba agazapado detrás de unos arbustos porque para él sí que era un juego. Esperó a que pasara cerca y de un salto se quedó justo delante e hizo lo de siempre: abalanzarse encima y, juguetón, comenzar a lamerle la cara, extrañado eso sí, de oler el miedo que desprendía y presentir algo más que un enfado. Un peligro inminente y ancestral, le advirtieron sus genes.

Si hubiera podido razonar, habría entendido por qué intentaba el humano zafarse y por qué no quería jugar. Normal. El solo era un perro, un rottweiler de 120 kilos, para ser exactos, que no recordaba que unas horas antes se volvió loco y atacó a la manada del humano.

Cayeron los dos al suelo y la pistola también. Ambos, por un motivo distinto, trataron de cogerla rápido: uno, porque no se fiaba del animal y el otro, porque estaba acostumbrado, de toda la vida, a traerle cosas a los humanos y que le dieran una galletita de esas tan ricas. Y ese era motivo más que suficiente para que ágil, la cogiera primero. Pero en el impulso de hacerlo, le plantó parte de los 120 kilos encima de la muñeca de la mano izquierda, rompiéndosela de paso. Fue un grito de dolor y de furia lo que hizo que en algún recodo de su instinto, un recuerdo vago de otro grito similar y reciente, lo hiciera quedarse inmóvil pero sintiendo de nuevo una extraña sensación de agresividad y unas inmensas ganas de morder. Y esas ganas hizo que abriera el hocico y que la pistola se cayera y se disparara. El disparo los sobresaltó a los dos pero, o Marco lo oyó primero, por eso del oído fino de los de su especie y fue lo que le dio el impulso de reaccionar antes y apartarse de la trayectoria de la bala; o es que ese era su día de suerte. No supo a donde fue aquella a parar, pero lo cierto es que el humano no se movió más. Marco no sabía relacionar una causa-efecto de tal magnitud pero bastó el olor a sangre fresca para que el último y más visceral de sus instintos se reactivara.

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