El monstruito exquisito: parte 6

Asier Susaeta

Seguro que le diría que era una tonta, dedujo. Tonta y deforme. Él siempre se metía con sus defectos: la ligera cojera de su pierna izquierda al correr, el corte en la ceja que se hizo en aquella caída con la bici (y que ella intentaba disimular con el flequillo), y ahora ese codo que se parecía a los puños de Popeye. Un bulto enorme que sobresalía en su brazo y ya no le dejaba ponerse sus vestidos porque no le entraban las mangas. Aunque quizá su fuerza fuese proporcional a su tamaño, pensó, así que, sin perder tiempo, fue al parque y cogió una de las piedras más pesadas que encontró. Del volumen de una cabeza, pudo elevarla sin esfuerzo y, aprovechando que no había nadie por allí que la confundiese con una loca del crossfit, la lanzó bien lejos. A cien cuerpos de distancia. Entonces, espoleada por el abanico de posibilidades que se abría ante ella, se olvidó de su cojera y corrió hasta la orilla del lago en busca de alguna roca mayor, para asegurarse. Una que tuviese el peso de Marco.

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