El monstruito exquisito

Hemos creado un monstruito exquisito entre todos y vamos a ir publicándolo por trozos. Esperamos que os guste.
Primer trozo: Reyes Velayos

¿Por qué no? Me pregunté aquella noche mientras miraba a Candela. Tomábamos una copa con el resto de compañeros de trabajo en un bar de Malasaña. ¿Por qué no? Hacía unos meses que había comenzado a trabajar en mi empresa y habíamos coincidido a menudo en reuniones; en las cañas de los viernes, cuando nos podíamos escapar a las tres; aunque apenas habíamos hablado fuera del trabajo.

Tenía unas tetas abundantes, aunque siempre las ocultaba tras jerséis de cuello vuelto. Y a esas tetas les iban más los escotes generosos. Me daban mucho morbo y aquella noche más que nunca, me preguntaba como se verían sin sujetador. Supongo que, además de sus tetas, ella también me gustaba, no para casarme con ella, pero si para acostarnos de vez en cuando.

Como no me apetecía tirarme a su cuello delante de media empresa, comencé a intentar atraerla hacia mí. Movía yo. La tomé de la mano, hice como que bailaba con ella, me acerqué a su cuello… Olía bien, a limpio y algo a perfume, muy suave. Me gustaba que oliera así, odio a las tías que se perfuman en exceso como para esconder su olor. Parecía responder bastante bien. Le tocaba mover a ella. Se acercó a la barra, pegada a mí y pidió dos copas. Pensé que yo no debería beber más; ella parecía bastante coherente en su conversación, algo surrealista, pero coherente, así que ¿por qué no?

Comenzamos a hablar de cine, música, libros, exposiciones. «Podríamos ir algún día al Thyssen», me dijo. «Me encantaría», dije y bebí un largo trago de la copa que no quería beberme, pero si comenzábamos así puede que necesitara esa y otra más. Pero no hubo tiempo para más, casi sin darnos tiempo a terminarnos las copas nos avisaban de que el bar cerraba sus puertas por hoy. Y todos los demás decidieron irse a casa. Las tres de la mañana. 23 de diciembre, feliz Navidad para todo el mundo y, por fin, los dos solos. En la puerta del bar y sin saber que hacer, pero los dos solos. Movía yo de nuevo.

―Tengo el coche aquí, ¿te acerco a casa? —dije, aunque lo que en realidad quería decir era: «Tengo el coche aquí, ¿te vienes a casa y follamos?»

―Bueno ―dijo Candela.

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