Ragrú

Joan Redon

Érase una vez un lugar donde no pasaba nada. De edificios grises mal iluminados por una luz debilitada tras cruzar las nubes. Los niños, parecidos unos a otros, volvían a casa. Cuatro de ellos no corrían por el parque haciendo volar las palomas que no estaban allí. Los más pequeños no pedían el cubo y la pala para hacer arqueología infantil en una arena que ya no adornaba el rincón de juegos. Los mayores se quedaban en casa, sin leer el periódico ni salir a mirar el partido de fútbol que cada tarde no se jugaba en la plaza. El gato, al no ser perseguido por el perro yacía en una barandilla.

El alcalde, orgulloso, era la única persona que se atrevía a sonreír al ver como el silencio reinaba. El orden era absoluto y nada se salía del guión.

Alguien, en algún punto entre las casas, señaló el cielo. “¡RAGRÚ!” gritó. Un joven a su lado respondió mirando al cielo, buscando algo, y al encontrarlo gritó “¡RAGRÚ!”. Poco a poco, el grito fue rompiendo el silencio monótono de la urbe. Las voces acompañaban un pájaro grande que volvía a la ciudad. Al alacalde los gritos desenfrenados le cambiaron la cara. Empezó a acelerar el paso. Finalmente corría sin mirar a nadie. El grito de “¡RAGRÚ!” le golpeaba en la cabeza, como palos de madera resonando en su interior.

Las miradas de hombres, mujeres, niños y ancianos seguían el seseante reflejo negro del ave sobre los edificios. El gato perseguía la réplica en el suelo del animal. Un niño corría detrás del gato mientras gritaba “¡RAGRÚ!”. Cada vez que el gato giraba una esquina, tenía más chicos tras él. Un niño, tropezó y varios más tropezaron con él. Pero el gato siguió persiguiendo el pájaro en el suelo.

El alcalde con los ojos desorbitados y el sudor frío que le caía por la frente estaba solo en una esquina, mirando al cielo. El gato siguió el pájaro en el suelo cada vez más grande, perseguido por los niños que seguían en pie. Más atrás, unos niños jugaban a pelearse sin hacerse daño, y todo el pueblo golpeaba al alcalde con sus gritos de “¡RAGRÚ!”.

Finalmente el pájaro descendió y depositó sus patas en la cornisa de una ventana, encima del alcalde. El pájaro observaba por la ventana, mientras el pueblo se reunía para ver la escena. Ahora ya no gritaban “¡RAGRÚ!”, sino que lo coreaban en voz baja de manera repetitiva. Cuando dejó caer una textura verde y oscura, el pueblo entero acompañó el hecho con una subida del volumen. Finalmente los gritos de júbilo y los abrazos cuando la masa verde chocó contra la cabeza del alcalde. El ruido asustó el pájaro, que marchó volando.

Cuando no quedó rastro del pájaro, los niños volvieron en silencio a buscar las mochilas que tiraron un rato antes. Y el alcalde se quedó humillado e ignorado por el pueblo, otra vez.

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