Todos tenemos un doble en alguna parte

Andrea Pazos

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte.

Lo que nadie dice es que tu doble no se parece tanto a ti. No tiene tu misma alopecia temprana, ni ese tic en el ojo izquierdo cuando está nervioso. Tu doble bebe café por la tarde porque la cafeína no consigue desvelarle y los carbohidratos en la cena no le engordan como a ti.

En aquella excursión del colegio al parque acuático, tu doble, que también fue allí, sí se tiró desde el tobogán más alto, aquél que formaba cuatro espirales de caída. Y ¿recuerdas la fiesta de cumpleaños de aquella niña tan guapa, Valeria?, él fue el chico al que besó esa noche, el héroe del que tú hablaste al día siguiente en tu diario. Cuando tu doble tenía 18 años decidió estudiar bellas artes, tal y como habíais deseado desde la adolescencia romanticona que tuvisteis, en lugar de empezar derecho como decían tu padre y tu abuelo. A raíz de esa decisión no ha necesitado nunca un traje ni una corbata y en vez de rodearse de colegas iracundos con colesterol alto debido al estrés, él pinta modelos lánguidas semidesnudas y dibuja alocadas ilustraciones infantiles para obtener un ingreso extra.

Tu doble se queda con las cosas buenas que a ti no te pasan. Es un traidor, un parásito que vive a expensas de tus carencias autoimpuestas. En otra parte, él está disfrutando de todo lo que tú deseas pero nunca te atreves a agarrar.

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