El cruce de los cuatro caminos

Araceli Suárez

Allí se podría haber rodado la escena de la avioneta que trataba de matar a Cary Grant en “Con la muerte en los talones”. Era un inmisericorde y desolado cruce de caminos que describía cómo me sentía: un punto perdido en ninguna parte, que no sabía como había llegado hasta allí, ni a dónde ir. No había dónde resguardarse de una lluvia que sustituía en mi cara las lágrimas que ya no me quedaban. Me senté en suelo, abrazando mi vieja mochila parcheada con los nombres de lugares donde alguna vez había sido feliz. Cuando dejé la casa, solo me preocupé de llenarla con un poco de ropa, la baraja inglesa de mi padre y la biblia de mi madre, únicas posesiones que había conservado de ellos.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que reparé en que había dejado de llover. Debía alejarme de aquel lugar pero los cuatro caminos se presentaban con una indolencia desconocida para alguien que nunca había dudado del rumbo a seguir. Me levanté con esfuerzo. Decidí dar varias vueltas sobre mí misma con los ojos cerrados y seguir la dirección que tuviera ante mí cuando los abriera. Di varias vueltas y al abrirlos, el sol que surgía tras las nubes, me deslumbró. Con un gesto instintivo los bajé hacia el suelo. La mirada recayó en mi mochila.

Supe que allí estaba, quizá no la respuesta, pero sí clave para decidir. Saque la baraja y la biblia. Con el mismo convencimiento elegí una carta y abrí una página cualquiera de la biblia. La carta: el joker; el párrafo de la biblia donde se paró mi dedo: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”, Mateo 10:38. No tuve más dudas.

Cogí una dirección cualquiera. Lo importante no era el rumbo, sino cómo hiciera el camino. Decidí seguir adelante de nuevo, sin miedo, ni derrotada por el sufrimiento ni por el pasado. Tenía que hacerlo frente a mi propia cruz, cargarla me liberaría de ella porque la redención dependía solamente de mí. El joker me hablaba de las una nueva vida, en cualquier otro lugar, en cualquier circunstancia. Daba igual.

Y es que quizás mis padres también creyeron que el azar y alguna divinidad podían deshacer la apariencia inmutable de que el destino está escrito.

 

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