Bajo el sol

Yolanda Valdeolmillos

Tenía arena entre las uñas y las manos arañadas de cavar durante meses. La resignación empezaba a hacer mella en sus planes. Lo soñó de niña y, desde entonces, la ilusión había crecido demasiado. Rufus era un almacén de historia, un viejo al que todos tomaban por loco. Solía describir para ella el Mundo Antiguo: la vegetación, los mares, la lluvia,  los edificios tan altos que se pierden…y el sol.

—Verás, Martina, en el Mundo Antiguo no siempre teníamos la necesidad de buscar con qué alumbrarnos. Para eso ya estaba el sol…

Fue entonces cuando Martina empezó a esculpir ese objetivo en su memoria. Ella tenía que ver el sol. Y el paso de los años no hizo sino aumentar el tamaño y la fuerza de su ambición. Pero allí sentada, cubierta de barro y con interminables metros de túnel aún por cavar, empezó a pensar que tal vez era el momento de asumir la realidad, matar sus ilusiones y resignarse a vivir en aquel agujero para siempre. Al fin y al cabo, era su hogar; allí nació, creció y allí debía morir porque el mundo ya no contenía otra cosa más que arena para la humanidad. Ojalá hubiera nacido años atrás, en el Mundo Antiguo, y hubiera podido ver el sol y el horizonte y la lluvia. Martina quería alzar la vista y ver el cielo, tal y como Rufus lo describió:

—El sol era una enorme bola de gas incandescente,  al nacer formaba amaneceres y al morir, atardeceres, y  pintaba todo el cielo  de naranja. ¡El cielo, Martina!, eso también te habría encantado. Era nuestro techo, un lugar en el que los colores dejaban su huella por turnos. Y lo perdimos…

Pero  Martina se negaba a pagar por un crimen que no tenía nada que ver con ella. Así que cogió su pico y cavó un poco más. El Mundo Antiguo no debía estar muy lejos ya.

—Lo destruimos todo, Martina. Esta vida bajo tierra es poco castigo para lo que hicimos.

La risa del viejo tras aquellas palabras reverberaba en su cabeza. Pero ella no había hecho nada. Ella se merecía el sol, aunque fuera sólo un instante. Recordaba los ojos cobrizos de Rufus encendidos al hablar de aquellos placeres malgastados, y apartaba con las manos la arena sobrante para poder seguir cavando, ansiosa, salpicándose la boca con los trozos de barro. La luz que empezó a filtrarse por los huecos le provocaba un picor intenso en la piel, y la arena estaba muy caliente, aun así, Martina siguió cavando, ya casi podía saborear la recompensa de su aventura. Con las manos irreconocibles terminó de apartar los últimos montones de tierra y, por fin, abrió una salida en su túnel. Una luz brillante esperaba al otro lado, sin duda alguna, el sol. Martina sonrió, haciendo crujir la arena entre sus dientes, y se impulsó para salir. Allí estaba  su bola de gas incandescente, serena en mitad de un inmenso techo azul.

Segundos después, los gritos de la chica retumbaban por toda la tierra baldía mientras su piel empezaba a ennegrecerse, sembrada de ampollas y un picor punzante y doloroso. Ciega, se arrastró sobre la arena caliente  intentando palpar de nuevo el agujero, pero no llegó a tiempo. El sol fue lo último que mereció Martina.

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6 comentarios en “Bajo el sol

  1. Preciosa y precisa metáfora de existencia… Alvanzar el sueño de ver el Sol… La Luz… La plenitud… Aunque a su vez venga el ocaso

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