La que siempre está ahí

Patri Arsuaga

“Cuántas veces habré doblado esta esquina y siempre el encuentro es diferente. Aparece grandiosa, sabedora, diría yo incluso, de su poder sobre todo aquel que la admira. El sol la hace brillar más o menos pero su porte no cambia. Es una mezcla de estilos y todos conviven en ella. El que pasó por su vida dejó su pedacito, su huella, y se siente orgullosa de ello. Por ser tan vieja, llega a ser sabia. Por ser tan alta, está atenta a todo lo que acontece a su alrededor. Desde hace años siento que me vigila, incluso cuando menos me lo espero, alzo la vista y ahí está, dispuesta a sacarme la sonrisa y hacerme sentir única ante ella. No es un faro al uso, pero actúa como si lo fuera, porque guía mi camino en esta ciudad que me vio nacer.”

Andrea calló por un momento y sacó su botella de agua del bolso. Mientras le daba un sorbo, esperó algún gesto, una palabra, quizás una pregunta o una duda por parte de alguien de este grupo variopinto (un catalán, tres madrileñas y una vasca) al que estaba enseñando Sevilla. Sólo el paso del coche de caballos rompió el silencio, ellos se limitaban a mirar hacia arriba, con los ojos bien abiertos, y quizás también pensando cada uno en su madre, o eso es al menos, lo que le hubiera gustado a Andrea.

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