Un póster de Betty Boop

Reyes Velayos

Todo comenzó mucho antes, cuando coloqué aquel póster de Betty Boop en el baño de las chicas. O incluso antes, el verano en que Reveca reapareció en mi vida, después de muchos años en los que apenas se pasaba por mi bar, y nuestros encuentros se reducían a hola y adiós y algún beso, casi a traición, en la mejilla, de esos de compromiso festivo. Pero aquel verano fue como si pensara quedarse para siempre. Casi tal y como yo la recordaba, aunque mucho más guapa, con el pelo muy negro y largo y los ojos más verdes. Supongo que fue entonces cuando comencé a pensar que Reveca era la mujer de la que no tenía que preocuparme, mientras tiraba cañas y limpiaba la barra; todo era muy sencillo con ella, ni compromiso ni malas caras ni gritos al llegar a casa, solo diversión, unas cervezas y una historia inventada que parecía ir muy bien. Aunque las historias de ficción solo son para las canciones. Es lo que tenemos las estrellas del rock, que lo nuestro, lo mío, es escribir canciones, y en ellas todo funciona si yo quiero que funcione. Así que después de colgar el póster de Betty Boop en el baño de las chicas, me propuse escribir una canción para Reveca, no fuera a desaparecer de nuevo sin que me diera tiempo a decirle lo que sentía. Y lo hice, y eso que llevaba cuatro años sin componer y sin escribir ni una palabra. Una canción sobre aquella noche en la que Reveca me dio una hostia cuando, después de varias copas y demasiadas rayas, la besé, un poco a traición, sin avisar, para que no pudiera decirme que no. Después de la hostia compartimos un taxi hasta casa, cada uno hasta la suya, claro, sin hablarnos. Y es que ser estrella del rock no es fácil y, además, no da para mucho, por eso tengo el bar, por eso y porque me gusta, ¡qué coño!, claro que me gusta, la noche, la gente, el no tener que volver pronto a casa para aguantar los gritos de la otra, o de la una, no sé, de la mujer de la que sí tengo que preocuparme. Así que primero colgué el póster de Betty Boop en el baño de las chicas, más tarde lloré un poco en el hombro de Reveca, pero de esto no me siento demasiado orgulloso, y aproveché para besarla de nuevo, también un poco a traición, como la primera vez; y tras comprobar que esta vez no había hostia le di la canción que le había escrito, algo mojada por mis lágrimas; algo o puede que mucho, demasiado, tanto que acabó convertida en una balada. Y volvimos a compartir un taxi. Tampoco nos dijimos nada esta vez, o apenas nada. «Pregúntame si quiero tomar una cerveza», le dije al llegar a su casa; pero antes de que pudiera responder, la dejé bajar del taxi, tras besarla de nuevo. Y ya me estaba arrepintiendo antes de que el taxi arrancara, en dirección a los gritos de cada noche, a otros cuatro años sin componer una canción; por eso, cuando llegué, me abrí camino entre los gritos, volqué el contenido de un cajón en una mochila, junto con dos vaqueros, una cazadora y cuatro o cinco camisetas, cogí mi guitarra y volví a subirme al mismo taxi, de regreso a casa de Reveca, para decirle que sí quería esa cerveza.

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