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Asier Susaeta

Brazos estirados hacia abajo, barbilla apoyada en el pecho y panza a casi noventa grados respecto a las piernas que mantiene ligeramente arqueadas; el señor de tirantes siempre adquiere la misma postura, a la misma hora, y sin importarle si llueve o hace sol. Es posible que hayan oído hablar de él si son del barrio, o tal vez haya sido yo mismo el que les he contado la historia que, en ese caso, les repetiré a continuación.

Todo comenzó cuando me lo encontré a comienzos de agosto al pasar por el parque con mi chica de entonces —una loca de las plantas y la limpieza que me dejó por su profesor de yoga, pero eso no viene al caso—. Como decía, íbamos paseando de la mano y recuerdo que enseguida me llamó la atención aquella pose rigurosa que, parecía, aguardaba acontecimientos. Se sucedieron paseos, otros encuentros como aquel, y cada vez que me quedaba mirándole, Camila (así se llamaba ella) insistía en que debía de estar haciendo estiramientos aunque nunca consiguió convencerme; tenía que tratarse de algo más trascendente, le decía yo. Por suerte, cuando empezaron las Olimpiadas lo vi claro y me compré aquella piscina hinchable de unos dos metros de diámetro.

Sin perder tiempo, esa misma tarde la coloqué debajo de su cabeza, tocando sus rodillas con el borde y, para serles sincero, al principio la gente que deambulaba por allí me miraba extrañada, pero les expliqué mi teoría y conseguí convencer a unos cuantos para llenarla de agua. Aunque al principio se mostraron algo perezosos, recorrieron sin parar el trayecto desde el bar de la esquina con sus cubos durante las dos horas largas que nos costó alcanzar la profundidad necesaria; solo entonces decidí soltar al señor que, mientras tanto, había mantenido amarrado de la cintura por cuestiones de seguridad.

Y no se lo imaginan, ¡la expectación era máxima! Formamos un corro alrededor suyo, incluso decidimos grabar con nuestros móviles el momento de la zambullida. Pero no ocurrió nada. El tipo se mantuvo impasible, a punto, siempre a punto de lanzarse de cabeza. Y poco a poco el público se convirtió de nuevo en gente que, a su vez, se fue dispersando en un murmullo de desaprobación. Finalmente el nadador fallido se incorporó, como si nada, y enfiló hacía el bar de la esquina despidiéndose de mí con un simple “buenas tardes”.

Ya han pasado varias semanas desde esa situación tan embarazosa. Como sabrán, España ha conseguido diecisiete medallas y yo he adoptado un cachorro de Yorkshire. Ahora paseo por el parque tres veces al día y por las tardes visito al señor de tirantes que se sigue colocando en su sitio. Y mientras Rocco mordisquea los cordones de sus zapatos, yo hablo con él aunque me ignore. Sé que en algún momento me responderá y descubriré qué es eso que espera tan pacientemente. Pero hasta que se decida había pensado que, si ustedes quisieran ayudarnos, podríamos probar con una piscina más grande. Olímpica, a ser posible.

 

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