La alfombra del baño

Yolanda Valdeolmillos

No soy normal. Cuando era pequeño, mi madre se lo dijo a las vecinas. Yo estaba detrás de los visillos y, desde el recibidor,  me llegó un fuerte olor a perfume, de ese que  entra por la nariz y va directo a encallarse en los ojos. Y un montón de señoras se esparcieron  por la salita  como gallinas en el corral y se sentaron en los sillones, presididas por mi madre, que llevaba una bandeja con tazas y pastas.

¿Qué tal está Juanillo?, ¿sigue con lo de…?

Sí… contestó mi madre clavando la vista en su taza, arañando con las uñas postizas la porcelana—. Ya sabéis que es un niño especial, es diferente, es un poco…raro.

El olor a café recién hecho siempre me ha resultado repugnante. Es un olor tan denso que parece que mancha según pasa. Y las pastas de mantequilla…Bueno, no recuerdo haber sido nunca capaz tragarme esa masa grumosa que me forman en la boca.

Ya verás como tiene solución, ¿lo habéis consultado con algún especialista?

dijo mi madre tras un suspiro —, y parece que no existe uno lo bastante bueno.

¡Eso es imposible, mujer! Te voy a dar el número de un psiquiatra fantástico. No es que nosotros lo hayamos necesitado… pero ayudó mucho a una prima  mía. Y esa sí que estaba pero bien loca.

El olor a perfume me escocía en los lacrimales y apenas podía concentrarme en tirar de un hilo suelto que  luchaba por seguir encaramado a las cortinas. Después del desconchado de la pared, ese hilo había sido mi objetivo durante horas.

Bueno, por probarlo no perdemos nada  contestó mi madre estirando la mano para coger el papel con el número de mi nuevo especialista—. La verdad es que estamos desesperados. Antes de ayer  le pillé con la alfombra del cuarto de baño…

¡No puede ser!  dijo una vecina tapándose la boca con la mano—. ¡Eso tiene muchísimos ácaros!

¡La alfombra del baño!! ¡Qué buen recuerdo! Jamás he vuelto a probar otra igual que esa. Era deliciosa. Tenía la mezcla exacta de pelusas y polvo, crujiente pero al mismo tiempo suave, espesa y con un regusto amargo que me dejaba la lengua áspera durante horas. El hilo de las cortinas, sin embargo, fue un bocado breve y decepcionante. Tanto tiempo intentando conseguirlo para que luego ni siquiera me rascase un poco la garganta. Pero pensé que tal vez el problema residía en la cantidad y no en la calidad. Así que, empezando por la punta izquierda, más grisácea y mejor aderezada, me metí un puñado de cortina en la boca y empecé a masticarlo sonoramente.

¡El niño está aquí!  gritó de pronto una señora, sobresaltándome. Y un revuelo de murmullos se apoderó de la habitación.

¡Se está comiendo las cortinas! gritó otra. Y su dedo rígido  me señaló mientras tiraba de un nuevo hilo con los dientes.

¡Juan!  mi madre se levantó tan rápido del sofá que la taza se le resbaló de las manos—. ¡Deja eso! ¡Te he dicho mil veces que no se come!

Terminé de tragarme el hilo. Y mientras mi madre se acercaba, abriéndose paso entre murmullos y dedos delatores, yo sólo podía pensar en lo apetitoso de aquellos trozos de porcelana rota sobre el suelo.

Destino

Patri Arsuaga

Ya casi ni recuerdo cuando empecé a planear este viaje. Sólo quería buscar lo que nunca encontré. Quería también tener coraje de entender lo que pudo ser y no fue. Me acordé de todos los cuentos que estuve escribiendo por cada vez que el tren se me escapó, de mi soledad, de cómo me gritaba tienes que aprender. Hasta el silencio me recordaba a ti y me vi escribiendo sueños por volverte a ver, pero lo que pasó, pasó. Y de golpe aparecieron los abrazos que hablan y los momentos que marcan.

La vida estaba llamando y empecé a sentir que el mundo estaba a mis pies y que todo podría ser. Y pedí perdón por las lágrimas que hablaban de mí, incluso por las noches a solas. Decía te quiero porque siempre fue mucho más fácil decirlo que tener que imaginárselo. Tú no tenías porque darme las gracias pero lo hacías y era bonito saber de ti. Saber que cada paso que daba, tú también lo dabas, sin ni siquiera preguntarme. Y es que, aunque hasta el destino tiene miedo de saber dónde irá a parar el tren, un buen día me di cuenta que yo siempre estaría muy cerca de tus pasos, muy cerca y muy callada, para que me fueras contando.

Por eso, te digo que aunque tengas de oferta lo eterno, voy a guardar los momentos de este cuento para que así, cuando se me acabe, me los prestes. Por eso, te dejo ser mi espejo y que seas el primero cada día y que te conviertas en letras de ese libro que alimenta mis sueños. Que no te quepa duda que pienso agarrarme fuerte a este momento, porque, aunque la noche fue gris, siento el abrazo de tu amor sin guantes, siento tu voz, tu andar. Siento que yo estoy hecha de pedacitos de ti.

 

 

Ese perro no es de verdad

Andrea Pazos

Ese perro no es de verdad. Es un señor bajito caminando a cuatro patas dentro de un traje de peluche marrón.

Es evidente, desde donde yo lo veo, que su cuerpo es una carcasa rígida, del material plástico con el que hacen las muñecas.

En la forma de caminar y trotar por el jardín se intuye la torpeza de quien se mueve sobre sus manos y pies. El hombre bajito que va dentro se esfuerza por mantener las rodillas semiflexionadas pero el efecto que logra no es creíble, los cuartos traseros del perro son más altos que los delanteros.

¿Y el pelo del peluche? Es grueso, de color marrón sin reflejos ni jaspeado de otra tonalidad. Los pelos muy rizados repartidos uniformemente por todo el cuerpo, incluso por las orejas, que por cierto, no se mueven cuando salta.

El hombre más alto que camina al lado, vestido éste sí, de humano, anima al perro a correr lejos de él sin tan siquiera lanzarle un palo o una pelota de goma. No le acaricia el lomo ni lo llama cuando se aleja. Me pregunto si se avergüenza de sacar a pasear a otro señor. Y me pregunto también qué clase de vínculo les une. Tal vez sea el amor más incondicional que haya visto nunca.

Treinta, veintinueve, veintiocho…

Reyes Velayos

Como cada tarde, Reveca cuenta los treinta escalones que baja hasta el portal. Veintisiete, veinticinco, si solo piso los impares, me llamará. Doce, diez, ocho, si solo piso los pares, vendrá a buscarme. Y si piso el cuatro, el tres y el uno, seguro que me invita a cenar. Y así, casi sin darse cuenta, vuelve a pisar el dos, el escalón número dos que cruje, chirría, se encoge y parece incluso que se ríe de ella, mientras le susurra que ya no va a volver.

El monstruito exquisito: parte 7

Araceli Suárez

Pero no llegó al lago. Una piedra más pequeña fue suficiente para hacerle tropezar, añadiendo a lesiones y heridas varias, un tobillo torcido, el de la pierna buena. Con la misma naturalidad que maldijo a Marco, agradeció a Dios la que estaba cayendo para que borrara las huellas. Tampoco hubiese servido de mucho. Como si Marco no lo fuera a encontrar igual ya que ni el bosque, ni el lago, ni la oscuridad eran un impedimento.

Puedo matarlo, puedo matarlo, debo matarlo – se repetía. Voy a volver – decidió con firmeza. Por supuesto que en condiciones de igualdad, para Marco sería más fácil matar, pero tener un arma y saber usarla, era una ventaja.

El tiempo transcurría despacio, su corazón no se apaciguaba y el cansancio minaba. Y los años se dijo, y el corazón roto, reconoció. Se lo advirtieron hace tiempo: algún día olvidará quien eres. Nunca le perteneció, admitió cogiendo una bocanada de aire para evitar una lágrima. Lo que una vez los había unido, se había roto en mil pedazos ese día.

Volvió, renqueante, sobre sus pasos para acabar de una vez con Marco. Con la pistola firmemente agarrada y los sentidos alerta, caminaba lentamente esperando en cualquier momento su ira otra vez. Creyó escuchar un ruido cerca. Sabía que solo tendría una oportunidad y que tenía que aprovecharla.

De nada le valía el sigilo porque Marco vigilaba agazapado detrás de unos arbustos porque para él sí que era un juego. Esperó a que pasara cerca y de un salto se quedó justo delante e hizo lo de siempre: abalanzarse encima y, juguetón, comenzar a lamerle la cara, extrañado eso sí, de oler el miedo que desprendía y presentir algo más que un enfado. Un peligro inminente y ancestral, le advirtieron sus genes.

Si hubiera podido razonar, habría entendido por qué intentaba el humano zafarse y por qué no quería jugar. Normal. El solo era un perro, un rottweiler de 120 kilos, para ser exactos, que no recordaba que unas horas antes se volvió loco y atacó a la manada del humano.

Cayeron los dos al suelo y la pistola también. Ambos, por un motivo distinto, trataron de cogerla rápido: uno, porque no se fiaba del animal y el otro, porque estaba acostumbrado, de toda la vida, a traerle cosas a los humanos y que le dieran una galletita de esas tan ricas. Y ese era motivo más que suficiente para que ágil, la cogiera primero. Pero en el impulso de hacerlo, le plantó parte de los 120 kilos encima de la muñeca de la mano izquierda, rompiéndosela de paso. Fue un grito de dolor y de furia lo que hizo que en algún recodo de su instinto, un recuerdo vago de otro grito similar y reciente, lo hiciera quedarse inmóvil pero sintiendo de nuevo una extraña sensación de agresividad y unas inmensas ganas de morder. Y esas ganas hizo que abriera el hocico y que la pistola se cayera y se disparara. El disparo los sobresaltó a los dos pero, o Marco lo oyó primero, por eso del oído fino de los de su especie y fue lo que le dio el impulso de reaccionar antes y apartarse de la trayectoria de la bala; o es que ese era su día de suerte. No supo a donde fue aquella a parar, pero lo cierto es que el humano no se movió más. Marco no sabía relacionar una causa-efecto de tal magnitud pero bastó el olor a sangre fresca para que el último y más visceral de sus instintos se reactivara.

El monstruito exquisito: parte 6

Asier Susaeta

Seguro que le diría que era una tonta, dedujo. Tonta y deforme. Él siempre se metía con sus defectos: la ligera cojera de su pierna izquierda al correr, el corte en la ceja que se hizo en aquella caída con la bici (y que ella intentaba disimular con el flequillo), y ahora ese codo que se parecía a los puños de Popeye. Un bulto enorme que sobresalía en su brazo y ya no le dejaba ponerse sus vestidos porque no le entraban las mangas. Aunque quizá su fuerza fuese proporcional a su tamaño, pensó, así que, sin perder tiempo, fue al parque y cogió una de las piedras más pesadas que encontró. Del volumen de una cabeza, pudo elevarla sin esfuerzo y, aprovechando que no había nadie por allí que la confundiese con una loca del crossfit, la lanzó bien lejos. A cien cuerpos de distancia. Entonces, espoleada por el abanico de posibilidades que se abría ante ella, se olvidó de su cojera y corrió hasta la orilla del lago en busca de alguna roca mayor, para asegurarse. Una que tuviese el peso de Marco.

El monstruito exquisito: parte 5

Yolanda Valdeolmillos

Lo peor no era el charco amarillo en las suelas de sus zapatos ni la mancha en su ropa. Lo peor era el olor. El pis tapaba por completo la rociada de Channel nº 5 a la que se había sometido antes de salir de casa. Mientras se frotaba las piernas con agua en el lavabo para limpiar el reguero amarillo, lamentó no haberle pedido a Marco que parase antes, habían pasado lo menos tres gasolineras durante el trayecto. Eso de tener que ir al baño le restaba tanto glamour que no había sido capaz de admitirlo a tiempo. Los empujones de una anciana corpulenta la sacaron de su ensimismamiento. La señora había decidido arrollar con su barriga a cualquiera que se interpusiera en su camino. «A buenas horas me deja libre el váter esta mujer», pensó mientras se frotaba la pantorrilla izquierda. Se secó las piernas con papel higiénico, sacó de su bolso un frasco diminuto de perfume y lo distribuyó estratégicamente sobre la falda manchada. Apestaba a Channel, pero era imposible que volviera a oler a pis. Se peinó con los dedos y se puso en marcha. Marco la esperaba en el coche. Salió con la cabeza tan alta que se olvidó de mirar al suelo, y sus tacones patinaron sin remedio al pisar el charco amarillo. Aterrizó con las nalgas casi de repente, sin tiempo para agarrarse a nada. Trató de incorporarse mientras su falda absorbía rápidamente el pis, pero su tobillo se retorcía de una forma muy antinatural. Y mientras miraba su nueva articulación deforme, se lamentó; qué iba a pensar Marco cuando la viera con esas pintas.